Obras son amores

 

Amor mutuo y recíproco

La caridad fraterna es el distintivo del cristiano: «En esto conocerán que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros.»(Jn 13, 35); es el signo decisivo que caracteriza a los creyentes en Cristo y es la síntesis de todo el Evangelio. Éste es el mensaje que los fieles discípulos han oído y aprendido desde el principio de su catequesis y de su instrucción religiosa, que ha sido transmitido con toda fidelidad desde los tiempos apostólicos mediante la tradición oral y la predicación. El cristiano es hijo del amor de Dios, y participa de la vida del Dios amor. Está hecho para recibir el amor de Dios y comunicarlo a los demás. Éste es el sentido íntimo y profundo de su vida: ser amado y amar: «Pues éste es el mensaje que oísteis desde el principio: que nos amemos unos a otros.»(1Jn 3, 11).

 

La antítesis del amor:

odio y muerte

Para ilustrar y resaltar mejor el amor al prójimo, el Apóstol San Juan recurre a la antítesis del amor fraterno, que es el odio al hermano. Y así como el amor engendra vida, el odio genera la destrucción y la muerte. Está el ejemplo nefasto del primer fratricida de la historia: Caín, dando muerte a su hermano Abel. Las obras de Caín eran malas y las de Abel justas. La conducta del justo es una tácita reprensión de la vida disoluta del impío y como una provocación que le hace recomerse de envidia. Su rechazo llega al paroxismo de querer quitar de en medio y suprimir al que él juzga como acusador y rival: «No como Caín, que, al ser del Maligno, mató a su hermano. Y ¿por qué le mató? Porque sus obras eran malas mientras que las de su hermano eran justas.»(3, 12)

El reino del odio

En el mundo reina el odio como contrapartida del amor. La palabra «mundo» en San Juan, como en general en los maestros del espíritu, tiene sentido peyorativo: se refiere al conjunto de la maldad reinante en el mundo como fruto y consecuencia del pecado. En este sentido hay que interpretar las graves palabras del propio Jesucristo orando por los suyos al Padre: «No ruego por el mundo» Y más explícitamente: «No te pido que les retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo» (Jn 17, 15-16). Es de esperar que el mundo aborrezca a todo el que se interponga en su camino: «No os extrañéis, hermanos, si el mundo os aborrece.»(3, 13).

 

Pasar de la muerte a la vida

El paso de la muerte a la vida es un salto cualitativo de vital importancia. Es el paso de la muerte del pecado a la vida sobrenatural de la gracia de Dios en el alma. El ápage y amor fraterno es la manifestación palpable y tangible de la vida divina en el creyente. Donde hay amor fraterno reina la vida. Donde no hay amor, imperan el odio y la muerte. La caridad fraterna será siempre la mejor piedra de toque y el mejor test para calibrar el grado de amor y vida: «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte.»(3, 14).

 

Odiar es matar

El que odia desea suprimir al que es el objeto y el blanco de su furor. Odiar es matar el amor en el corazón. Odiar al hermano equivale también a darle muerte en el corazón. El Apóstol apela a la conciencia de los suyos. «Sabéis» es decir, conocéis muy bien las secuelas espirituales que siguen recordando el fratricidio de Caín: «Todo el que odia a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino posee vida eterna en si mismo.»(3, 15).

 

La suprema prueba del amor:

dar la vida

Así como Caín ha pasado a la posteridad como el prototipo del odio que sacrifica la vida de su hermano, Jesucristo es el arquetipo del amor que se sacrifica por sus hermanos como prueba suprema de amor. Oigamos sus propias palabras: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos.»(Jn 15, 14-15) La exhortación de San Pablo escribiendo a los Efesios se fundamenta en el ejemplo de Cristo: «Vivid en el amor como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma». (Ef 5, 2) La expresión «hemos conocido» tiene su secreto y misterio. No se trata de un conocimiento teórico e intelectual sino de algo experimental, vivido. Es como si dijera hemos comprendido su amor hasta el extremo (Cfr.Jn 13, 1) San Pablo habla de. «conocer el amor de Cristo que excede todo conocimiento.»(Ef 3, 19). La conclusión se impone: amor con amor se paga. El ejemplo del amor de Cristo nos estimula. Demos también nosotros la vida por Él, y, también como Él, demos la vida por los hermanos: «En esto hemos conocido lo que es el amor. En que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos.»(3, 16).

 

Abrir el corazón al necesitado

La caridad no exigirá siempre el heroísmo de dar la vida. Pero sí que impulsará siempre a compartir los bienes de la vida con el indigente y el menesteroso tendiéndole una mano en sus necesidades. Cuando uno está sobrado u holgado, tiene obligación de caridad de asistir a los más desheredados de la fortuna. La expresión «cerrar las entrañas» designa dureza y crueldad de corazón. Recuerda la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro (Lc 16, 19-31) (Cfr St 2, 15-16) «Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?»(3, 17)

Obras son amores

El amor tiene que demostrarse con hechos y realidades: las palabras y promesas vacías de contenido no conducen a nada, y suenan a engaño y a burla cruel. Boca y lengua son sinónimos de pura palabrería. Las obras y las realidades son las auténticas muestras del amor. San Pablo habla de «la fe que actúa por la caridad.»(Ga 5, 6). Conocida es la afirmación de Santiago que la fe sin obras es muerta: «Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y hartaos,pero no les dais lo necesario para el cuerpo,¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta.» (St 2, 15-17).

La enseñanza del discípulo amado que ha apoyado su cabeza en el corazón de Cristo y ha bebido directamente de la misma fuente del amor divino, le moverá a exclamar con pleno conocimiento de causa y con toda autoridad: «Hijos míos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y según la verdad.»(3, 18)

Pedro Cura, CPCR.